¿Dónde están los Dioses?

Se equivocan los dogmáticos en elevar el fútbol al Olimpo. No puede haber ahora mismo, en la época de las ideas efímeras, nada más terrenal que el balón y su circunstancia. La sencillez (¿complejidad?) de la vida se resume en un resbalón, un acto de mala suerte. Fue tan humana la final de la Champions, entre Manchester y Chelsea, que hasta el nuevo rey del arte, Roman Abramovich, no se atrevió a mirar la tanda de penaltis. Le superó el momento a quien, una semana antes, había desembolsado 76,5 millones de euros en dos cuadros, cuenta con una de las flotas de yates más importantes del mundo y no tiene reparos en gastarse 800 kilos en construir un equipo de fútbol. El dinero, al fin y al cabo, no es nada comparado con las sensaciones.

Volvamos al Olimpo, allí donde sitúa la prensa a Cristiano Ronaldo. No habrán leído a Homero, porque sino se darían cuenta de que los dioses sólo son hombres con grandes atributos. Pero hombres, al fin y al cabo. Y los hombres fallan. Por eso Ronaldo, un titiritero del balón, estuvo a punto de ser el villano de su equipo, mientras el Chelsea se fundía en abrazos, sin ser consciente de que lo hacía en el infierno, donde moriría quemado por las llamas. Anelka también estuvo en el Olimpo hace años, cuando el Real Madrid pagó 33 millones de euros por él, pero de aquel fenómeno no quedan ni los despojos. Los dioses ni mueren ni bajan a La Tierra; simplemente nunca han existido. Lo sabe Ronaldo, Anelka y también Abramovich, que ha comprobado que aun fichando muchos, el ascenso al cielo no está garantizado.

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